viernes, 14 de septiembre de 2018

Síntomas de la Borrachera Seca (12° Síntoma)

DOCEAVO SINTOMA: Comportamiento inadecuado en su tratamiento, tanto con el terapeuta como en el grupo de autoayuda. Ni pichan, ni cachan, ni dejan batear. 

Muchos alcohólicos y adictos, aunque logran la abstinencia, no toman en serio su tratamiento y aunque acuden a él, no respetan la disciplina terapéutica ni los principios de su programa de autoayuda, esto les impide alcanzar la sobriedad.

En términos beisbolísticos se dice que ni se picha, ni se cacha, ni se deja batear cuando una persona no solamente no ayuda en alguna causa sino que, por el contrario, solo estorba, interfiere y sabotea el objetivo de dicha causa. 

Un alcohólico que en su grupo de AA tiene conductas inadecuadas se esta alejando del verdadero y único objetivo que tiene AA que es ayudar a otros a dejar la bebida. No solamente en los grupos de autoayuda se da esta forma de saboteo, sino también a nivel profesional. La consecuencia de estas conductas inadecuadas será la recaída o el síndrome de la BORRACHERA SECA.

El adicto es el único caso de un enfermo que no solamente no acepta su tratamiento para controlar su
enfermedad, sino que hace esfuerzos inauditos por seguirla padeciendo, se resiste a efectuar otros cambios que son necesarios para la superación de sus áreas neuróticas, por lo que su actitud ante el tratamiento se va a caracterizar por muchas resistencias y reticencias a esos cambios, comportándose en forma anárquica e ingobernable, no respetando las reglas de juego de la terapia y cayendo en conductas inadecuadas e indeseables que sólo van a poner en peligro su recuperación. Las actitudes negativas y las conductas inadecuadas de los miembros de AA o de otros grupos de autoayuda son un síntomas inequívoco de resistencia al cambio. 

En el artículo se explican detalladamente estas actitudes negativas y conductas inadecuadas tanto en el tratamiento AA como en el tratamiento profesional. El artículo completo se localiza en nuestro Centro de Información para su consulta.  


por el Doctor José Antonio Elizondo López

jueves, 13 de septiembre de 2018

El Camino De Las Lagrimas (Cap. 2- Parte 3)

El Camino De Las Lagrimas (Jorge Bucay)

UN CAMINO NECESARIO


Correo 3

Toda la historia de mi relación con mi crecimiento y con el mundo es la historia de este ciclo de la experiencia del que ya hablamos. Entrar y salir. Llenarse y vaciarse. Tomar y dejar.

Vivir estos duelos para mi propio crecimiento. Aunque no siempre el proceso sea fácil, aunque no siempre esté excento de daño. Si yo quiero levantar este lápiz de arriba de mi mesa de trabajo, lo hago fácilmente y con poco esfuerzo. No pasa gran cosa salvo que en la mesa queda el lugar vacío donde estaba el lápiz. Pero si pongo un poquito de pegamento aquí, en el lápiz, cuando yo lo levante, posiblemente quede una marca sobre el mantel y si miráramos con una lupa veríamos que algo de las capas superficiales de la tela del mantel fueron arrancadas junto con el lápiz. Imaginemos por fin que en vez de un pegamento simple pongo un poco de adhesivo industrial.

Cuando alce el lápiz, pedacitos de mantel van a quedar pegados a él y no voy a necesitar ninguna lente para notarlo, el daño será evidente. Ahora imagínese que hago ojales en el mantel y hago algunos agujeros en la madera y con un hilo coso el lápiz al mantel, y pego con cemento el mantel a la mesa; ahora no sólo voy a tener que hacer un esfuerzo más grande para poder separar estas dos cosas y levantar el lápiz, sino que cuando lo haga posiblemente el mantel se destruya, un pedazo de mesa quede dañado y el lápiz quede en malas condiciones. Del mismo modo, cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás (cuanto más poderoso sea el pegamento), mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida. No es imprescindible que sea así pero en general sucede que cuanto más amo más tiendo a apegarme y entonces se instaura aquella idea de que: Si uno no ama no sufre. Porque el que ama se arriesga a sufrir. Y yo digo: es más que un riesgo, porque en cada relación amorosa comprometida un poquito de dolor va a haber, aunque más no sea el dolor de descubrir nuestras diferencias y de enfrentar nuestros desacuerdos. Pero este compromiso es la única manera de vivir plenamente y como suelo decir: VIVIR VALE LA PENA. Es necesario establecer a partir de acá que esta pena es la que de alguna manera abre la puerta de una nueva dimensión, es el dolor inevitable para conseguir una sola cosa imprescindible, mi propio crecimiento. Nadie crece desde otro lugar que no sea haber pasado por un dolor asociado a una frustración, a una pérdida. Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es.

Sin embargo existen duelos que padecen los que, teniendo solamente la fantasía de que van a llegar a tener algo, les duele después la conciencia de que no llegaron a tenerlo. Esto parece ser una excepción, ¿cómo se podría sentir esta pérdida? Parece el duelo por no tener lo que nunca tuvo. Me digo: debe haber algo que sintió que tuvo para que pueda vivir la pérdida. Por supuesto que hay algo que sí tuvo. Tuvo la ilusión. Tuvo la fantasía. Y lo que está perdiendo es esa ilusión, es esa fantasía.

Y si le duele, va a tener que elaborar ese duelo para separarse de esto que ya no está. Un sueño mío no es algo que podría haber sido; un sueño mío ES en sí mismo. Está siendo en este momento. Mis ilusiones y mis fantasías, si son sentidas, SON. Y puedo aferrarme a mis sueños, como me aferro a mis realidades como me aferro a mis relaciones. Cuando la realidad me demuestra que esto no va a suceder, es como si algo muriera y como con las personas, tiendo a quedarme aferrado a esta fantasía. Igual que con las realidades, lo mismo que con los hechos, hace falta soltar. Pero para esto tengo que aceptar que el mundo no es como yo quiero que sea, y esto implica un duelo para elaborar. Tengo que aceptar que el mundo es como es y amigarme con el hecho de que así sea. Tengo que aceptar que mi buen camino no pase quizás por tener todo lo que deseo.
Quizás pase por donde ni siquiera imaginé. Pero si no me animo a soltar la soga de un sueño no podré seguir mi ruta hacía mí mismo. Madurar siempre implica dejar atrás algo perdido, aunque sea un espacio imaginario, y elaborar un duelo es abandonar uno de esos espacios anteriores (internos o externos), que siempre nos suena más seguro, más protegido y aunque más no sea, más previsible. Dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Esto irremediablemente nos obliga a crecer. Que yo sepa que puedo soportar los duelos, y sepa que puedo salirme si lo decido, me permite quedarme haciendo lo que hago, si esa es mi decisión.

El dolor a veces, acompaña al que sufre, en el mismo lugar que antes acompañaba la persona. No importa qué lugar ni cuánto ocupaba el desaparecido en tu vida, el dolor está listo para ocupar todos esos espacios. Y esta sensación de estar acompañado por el dolor no es agradable, pero por lo menos no es tan amenazante como parece ser el vacío. Por lo menos el dolor ocupa el espacio. El dolor llena los huecos. El dolor evita el agujero del alma. ¿Qué pasaría si no estuviera el dolor llenando los huecos? Quizás simplemente podría vivir adentro mío las cosas que el otro dejó. A veces el proceso es el de aceptar renunciar a alguien que no murió, pero que ya no está, porque su enfermedad o el paso del tiempo lo cambiaron tanto que ya no es de la manera en que era. Puede estar aquí físicamente, tiene su misma cara pero no la misma expresión, tiene su misma voz pero no sus mismas palabras Ya no es la misma persona. Ya no es. Y sin embargo está. No allá afuera sino aquí, adentro. Y cuando puedo llegar a darme cuenta de eso puedo recuperar la alegría de estar vivo. Porque estar vivo significa poder sostener vivo a este otro que vive en mí. La vida es la continuidad de la vida, más allá de la historia puntual, cada momento se muere para dar lugar al que sigue, cada instante que vivimos va a tener que morirse para que nazca uno nuevo, que nosotros después vamos a tener que estrenar (como dice Serrat). Hace falta estrenarse una nueva vida cada mañana si es que uno decide soportar la pérdida. Pero si seguís llevando la anterior, la anterior y la anterior, tu vida se hace muy pesada. A mí me parece que la vivencia normal de una pérdida tiene que ver justamente con animarse a vivir los duelos, con permitirse padecer el dolor como parte del camino. Y digo el dolor y no el sufrimiento, porque sufrir como veremos es , más bien, resignarse a quedarse amorosamente apegado a la pena.

Quiero poder abrir la mano y soltar lo que hoy ya no está, lo que hoy ya no sirve, lo que hoy no es para mí, lo que hoy no me pertenece. No quiero retenerte, no quiero que te quedes conmigo "porque yo no te dejo ir". No quiero que hagas nada para quedarte más allá de lo que quieras. Mientras yo deje la puerta abierta voy a saber que estás acá porque te querés quedar, porque si te quisieras ir ya te habrías ido. Hay un poeta argentino, que se llama Hamlet Lima Quintana, un hombre cuya poesía admiro muchísimo. Y él escribió "Transferencia" que dice: Después de todo, la muerte es una gran farsante. La muerte miente cuando anuncia que se robará la vida, como si se pudiera cortar la primavera. Porque al final de cuentas, la muerte sólo puede robarnos el tiempo, las oportunidades para sonreír; de comer una manzana, de decir algún discurso, de pisar el suelo que se ama, de encender el amor de cada día. De dar la mano, de tocar la guitarra, de transitar la esperanza. Sólo nos cambia los espacios. Los lugares donde extender el cuerpo, bailar bajo la luna o cruzar a nado un río. Habitar una cama,.llegar a otra vereda, sentarse en una rama, descolgarse cantando de todas las ventanas. Eso puede hacer la muerte.

¿Pero robar la vida?... Robar la vida no puede. No puede concretar esa farsa... porque la vida... la vida es una antorcha que va de mano en mano, de hombre a hombre, de semilla en semilla, una transferencia que no tiene regreso, un infinito viaje hacia el futuro, como una luz que aparta irremediablemente las tinieblas. Y a mí me parece que Lima Quintana tiene razón. La desaparición del otro, que uno asocia con la muerte, solamente puede ser vivida así si uno no puede interiorizar a los que ha perdido. Si uno se anima, entonces la muerte es una gran farsante. La enfermedad es una gran farsante. Pueden llevarse algunas cosas de ese otro. Pero no pueden robármelo porque de alguna manera ese otro sigue estando adentro mío.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Síntomas de la Borrachera Seca (11° Síntoma)

ONCEAVO SINTOMA: Espiritualidad ausente o muy empobrecida con soberbia intelectual,  tendencia al materialismo y nula o poca fe. 

Los adoradores del becerro de oro.

El real propósito de la rehabilitación de un alcohólico es su recuperación integral. La recuperación de la enfermedad adictiva tiene que alcanzar los cuatro niveles de los cuales consta: el físico (desintoxicación y tratamiento de las complicaciones médicas), el psico-emocional (autoconocimiento, autoaceptación y superación de los conflictos neuróticos no resueltos), el psicosocial (reparación de daños, reconciliación con seres queridos y superación social en todos los órdenes) y finalmente, el nivel espiritual (aceptación de un poder trascendente a uno mismo, fortalecimiento de la fe y trascendencia de lo material). Algunos solo logran los tres primeros niveles y se encadenan a una soberbia intelectual y un materialismo a ultranza que atrofia su espiritualidad y les impide su verdadera liberación.

En la recuperación de muchos alcohólicos, la misma recuperación les va generando una autosuficiencia que los lleva a una forma de soberbia intelectual, y desarrollan la convicción que todo se debe a ellos mismos, esto es una forma de BORRACHERA SECA. La crisis de valores hunde al hombre contemporáneo en este materialismo a ultranza que lo convierte en un adorador del becerro de oro. 

Un distinguido psicoanalista, el creador de la logoterapia, Viktor E. Frankl afirma que el abuso del alcohol y de las drogas no es más que la consecuencia de la falta de sentido en la vida, de la vacuidad exitencial y de la carencia de valores espirituales, el vacío existencial y la falta de un proyecto de vida con metas trascendentes que vayan por encima de la propia persona hacen que el individuo caiga en un enajenamiento existencial que lo lleva a buscar compulsivamente satisfactores que le permitan vivir el momento para encontrar una felicidad inmediata que sustituye a la verdadera felicidad del que va buscando metas superiores en su vida. 

Todo esto conduce a una terrible pobreza de espíritu y debilidades de la existencia que lo llevarán a la infelicidad y amargura. Aquellos que mantienen una pobreza espiritual son los adoradores del becerro de oro que, a pesar de llevar mucho tiempo de abstinencia en el programa de Alcohólicos Anónimos, no dejan de ser borrachos secos, lo que les impedirá alcanzar la verdadera liberación que los conduzca a la plenitud de la sobriedad.


por el Doctor José Antonio Elizondo López