NIEVE FRESCA
En contacto con la Comunidad de A.A. por más de seis años, tuve en ese período tres recaídas, episodios brutales y tenebrosos. Cada uno de ellos aumentó mi humillación y desesperación. Sobrio otra vez, me coloqué en un trabajo doméstico, y aprendí que existe la satisfacción aun en el cumplimiento de tareas interiores, y que la humildad - aplicada como aprendizaje y búsqueda de la verdad podía ser un Poder Superior disfrazado.
Entonces, inesperadamente, me fue ofrecido un empleo ejecutivo, que incluía muchas responsabilidades. Sólo pude contestar. "Tengo que pensarlo".
¿Era yo capaz de permanecer sobrio? ¿Estaba realmente sobrio o solamente seco? ¿Podría manejar las responsabilidades que entrañaba y hacer frente al renovado éxito? ¿O permitiría Dios que me castigara otra vez a mí mismo?
Llamé a una mujer amiga a la que estaba apadrinando. Lo discutimos, y ella consideró que podía y debía aceptar la oferta. Su fe me reafirmó; conocí el estímulo de saberme capaz de sentir otra vez dignidad y la gratitud simplemente por estar vivo. Esta recién adquirida sensación permaneció conmigo a través de toda la reunión de A.A. a la que asistimos esa noche. El tema a discusión era el Paso Once: "Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contracto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer Su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla".
En casa, en la privacidad de mi cuarto, tuve otro impacto: una carta de mi hermana. La última vez la había visto en la oficina del comisario en donde, apesadumbrada, había dado fin a los continuos esfuerzos de la familia para ayudarme. "Aun nuestras oraciones parecen no tener esperanzas", había dicho, "así es que te dejo para que te defiendas por ti mismo". Ahora llegaba su carta, argumentando el saber en dónde y cómo me encontraba. Mirando por la ventana al hollín y polvo de los tejados, y después adentro, a la insignificancia de mi cuarto, pensé con amargura, "Sí, era cierto, ¡si sólo me pudieran ver ahora!". La gracia salvadora fue que no tenía más que perder y nada que pedirle a nadie. ¿O lo tenía?
Todos los ideales de mi juventud habían sido arrastrados lejos de mí por el alcohol. Ahora, todos los sueños y aspiraciones, familia, posición - todo lo que una vez había conocido - regresaron a burlarse de mí. Me recordaba escondido detrás de los árboles enfrente de mi anterior hogar para ver a mis hijos aparecer por la ventana; telefoneando a la familia para solo oír a las voces familiares decir, "Hola, hola, ¿quién habla ahí?", antes de colgar.
Sentado en la cama, tomé la carta y la leí una y otra vez. En mi angustia, no pude contenerme más. Desesperadamente, lloré, "¿Oh Dios, me has abandonado o yo te ha abandonado a Ti?"
Por cuánto tiempo estuve ahí, no lo sé. Al levantarme, me sentí atraído hacia la ventana. ¡Sentí una transformación! La suciedad de esa ciudad industrial había desaparecido bajo una cubierta de nieve fresca. Todo estaba nuevo y blanco y limpio. Cayendo de rodillas, renové ese contacto consciente con mi Dios que había conocido cuando niño. No recé, solo hablé. No pensé; solo descargué un corazón agobiado y un alma perdida. No di las gracias; solo supliqué ayuda.
Esa noche, finalmente en paz conmigo mismo por primera vez en años, dormí toda la noche y desperté sin el miedo y el terror de enfrentar otro día. Continuando mi oración de la noche anterior, dije, "Aceptaré el trabajo. Pero, querido Dios, permite que Tú y Yo juguemos juntos de ahora en adelante".
Cuando algunos días pueden solamente ofrecerme una pequeña porción de frenética serenidad, veintiséis años después reconozco aún la misma tranquilidad interior que viene con el perdón de uno mismo y la aceptación de la voluntad de Dios. Cada nueva mañana, existe la fe en la sobriedad, sobriedad no como mera abstinencia del alcohol, sino como una recuperación progresiva en cada faceta de mi vida.
Con mi amiga de A.A., ahora mi esposa desde hace veinticinco años, me he unido a mi familia para una gozosa reunión. Conocemos una vida alegra y satisfecha, en la cual mi hermana y toda la familia comparten renovados y más fuertes lazos de afecto. Desde ese día, yo confío y confían en mí.
Edmonton, Alberta, Canadá.
YO NO ESTABA MAS SOLO
Estuve dentro y alrededor de la Comunidad durante tres años, permaneciendo sobrio algunas veces, otras engañándome (a mi mismo, por supuesto) un poco o un mucho. Amaba A.A., me daba apretones de mano con todo mundo en cada puerta de todas las reuniones a las que asistía, que eran muchas. Era una especie de anfitrión de A.A. Desafortunadamente, tenía aún muchos problemas conmigo mismo.
Un miembro de mi Grupo solía decirme: "Si solamente practicaras el Paso Tres . . ." ¡Lo mismo que si hubiera estado hablando en alemán! Yo no podía comprender. Aunque yo había sido un estudiante distinguido de la escuela dominical, me había retirado muy lejos de todo lo espiritual.
En una época, me las arreglé para permanecer físicamente sobrio por seis meses. Entonces perdí mi trabajo y, a los cincuenta y cuatro años, estaba seguro de que nunca volvería a conseguir otro. Muy asustado y deprimido, sencillamente no podía encarar el futuro, y mi estúpido orgullo no me dejaba pedirle ayuda a nadie. Así es que fui al almacén de licores por mi muleta.
En los tres meses y medio que siguieron, morí cientos de veces. Aún asistía a bastantes reuniones cuando podía, pero no comentaba mis problemas con nadie. Los otros miembros habían aprendido a dejarme solo, porque ellos se sentían impotentes, y ahora comprendo por qué se sentían así.
Una mañana me desperté con la decisión de permanecer en cama todo el día, de esa forma no podría conseguir un trago. Cumplí con mi decisión, y cuando me levanté a las seis de la tarde, me sentía con seguridad, ya que las licoreras cerraban a esa hora. Esa noche me sentí desesperadamente enfermo; debería de estar en el hospital. Cerca de las siete comencé a telefonear a todos aquellos de los que pude acordarme, fueran o no A.A. Pero nadie pudo, o quiso, venir en mi ayuda. Como último esfuerzo telefoneé a un ciego. Había trabajado cocinando para él por varios años, y le pregunté si podía coger un taxi e ir a su apartamento. Yo me daba cuenta de que me estaba muriendo, le dije, y tenía mucho miedo.
Me dijo: "¡Muérete condenado! Yo no te quiero aquí". (Después me dijo que quiso cortarse la lengua, y que pensó en llamarme. ¡Gracias a Dios que no lo hizo!). Me fui a la cama seguro de que yo no me levantaría más. Mis pensamientos nunca habían sido tan lúcidos. En realidad no podía ver ninguna salida. Hacia las tres de la madrugada, aún no me había dormido. Estaba agarrado fuertemente a las almohadas y mi corazón latía con tal fuerza que parecía que se me iba a salir del pecho. Mis extremidades empezaron a adormecerse, primero las piernas arriba de las rodillas, luego los brazos arriba de los codos.
Pensé, "¡Ahora si!" Y me volví entonces hacia la única fuente a la que había sido demasiado listo (según lo veo ahora) o demasiado estúpido para recurrí antes. Grité: "Por favor, Dios mío, ¡no me dejes morir así!" Mi alma y corazón atormentados estaban en esas pocas palabras. Casi instantáneamente el adormecimiento empezó a desaparecer. Sentí una presencia en el cuarto. Ya no estaba solo.
Dios sea alabado, nunca más me volví a sentir solo. Nunca volví a tomar otra copa, y más aún, nunca la he necesitado. Fue un largo camino el de regreso a la salud, y pasó mucho tiempo para que la gente tuviera confianza en mí. Pero eso realmente no importaba. Yo sabía que estaba sobrio, y en alguna forma me di cuenta que, mientras yo viviera de la manera en que Dios quería que viviese, nunca más volvería a sentir miedo.
Recientemente se me dijo que tenía un tumor maligno. En lugar de sentirme temerosos o deprimido, agradecí a Dios por los últimos diez y seis años de tiempo prestado que El me había dado. Me extirparon el tumor, me siento extraordinariamente bien y estoy disfrutando todos los minutos de cada día. Habrá muchos más días, según creo. En tanto que Dios me tenga acá trabajo por hacer, aquí permaneceré.
Lac Carré, Quebec, Canadá.
UN HOMBRE NUEVO
Traté de ayudar a este hombre. Fue una experiencia humillante, nadie disfruta el ser un fracaso total; deja el orgullo hecho una ruina. Nada parecía funcionar bien. Lo llevaba a las reuniones y se sentaba en medio de una nube, y sabía que sólo su cuerpo estaba presente. Iba a su hogar, y él, o estaba borracho o se escapaba por la puerta trasera. Su familia estaba comenzando a entrar en un período de verdaderas penurias; podía sentir su desesperación.
Entonces vino el episodio del hospital, en la última de su larga cadena de hospitalizaciones. Entro en delírium tremens y convulsiones tan violentas, que tuvo que ser amarrado a la cama. Ya en estado de coma tuvo que ser alimentado por vía intravenosa. Cada día que lo visitaba se veía peor, aunque esto parecía imposible. Por seis días permaneció inconsciente, sin efectuar ningún movimiento, excepto los temblores periódicos.
El séptimo día lo visité otra vez. Al entrar en su cuarto me di cuenta de que le habían quitado las ligaduras que lo ataban a la cama y también los tubos de alimentación. Me sentí entusiasmado. ¡El iba a lograrlo! El doctor y la enfermera cortaron de raíz mis esperanzas. Se iba muriendo rápidamente.
Después de que hice los arreglos para traer a su esposa, se me ocurrió que siendo él un católico habían ciertos ritos de su religión que deberían ser cumplidos. Era un hospital católico, por lo que me dirigí al vestíbulo y localicé a una hermana religiosa (la madre superiora, como después me enteré). Ella avisó a su sacerdote, y junto con otra hermana me acompañaron al cuarto.
Mientras que el sacerdote entraba solo al cuarto, nosotros tres decidimos sentarnos en el banco del corredor. Sin previo acuerdo los tres inclinamos nuestras cabezas y comenzamos a rezar - la madre superiora, la hermana y yo, y un presbiteriano ordenado diácono.
No tengo forma de saber que tanto tiempo estuvimos ahí. Sé que el sacerdote ya se había ido a atender sus demás deberes. Lo que nos regresó al presente inmediato fue un ruido que oímos en el cuarto. Cuando nos asomamos, ¡el paciente estaba sentado en la cama!.
"Muy bien, Dios mío", dijo, "ya no quiero ser un jugador de la línea de retaguardia, un quarterbeck, por más tiempo. Dime qué quieres Tú que haga, y yo lo hará".
Los doctores dijeron después que en sus condiciones físicas le era imposible moverse, y menos aún sentarse. Y antes de éstas, no había proferido una sola palabra desde que ingresó al hospital. Su siguiente expresión fue: "Tengo hambre".
Pero el verdadero milagro fue lo que le sucedió durante los diez años siguientes. Empezó a ayudar a la gente. Y quiero decir esto ¡ayudar!. Ninguna llamada era demasiado difícil, demasiado inconveniente, demasiado "desesperado". Fundó el Grupo de A.A. en su pueblo, y se siente aturdido si usted menciona esto a otros o comenta la cantidad de trabajo de A.A. que él está haciendo.
El ya no es el mismo hombre con el que estuve intentando hacer el Paso Doce. Fracasé en todos mis esfuerzos para ayudar al hombre que yo conocía. Y entonces ese alguien creó un hombre nuevo.
Bernardsville, New Jersey.
FIGURA DEL MAL
Sucedió cerca de las tres de la madrugada. Había estado en nuestra Fraternidad poquito menos de un año. Estaba solo en la casa; mi tercera esposa se había divorciado de mí antes de mi entrada a Alcohólicos Anónimos. Me desperté con la sensación atemorizante de proximidad de la muerte. Estaba tembloroso y semi paralizado por el miedo. Aunque era el mes de agosto en el Sur de California, tenía tanto frío que busqué una gruesa manta y me la eché sobre los hombros. Entonces encendí la calefacción de la sala y me paré enfrente de ella, tratando de entrar en calor. En lugar de calentarme, comencé a entumecerme por completo y nuevamente sentí a la muerte aproximarse.
No había sido una persona muy religiosa, ni había estado afiliado a ninguna iglesia después de llegar a Alcohólicos Anónimos. Pero de pronto me dije a mí mismo: "Si alguna vez he necesitado orar, este es el momento". Regresé a mi cuarto y caí de rodillas al lado de la cama. Cerré los ojos, puse mi cara sobre las palmas de las manos, y descansé las manos en la cama. Había olvidado todas las palabras que dije en voz alta, pero volví a implorar "Por favor, Dios mío, ¡enséñame a orar!".
Entonces, sin levantar la cabeza ni abrir los ojos, fui capaz de "ver" la distribución completa del piso de la casa. Y podía "ver" un nombre gigante de pie al otro lado de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. Me mostraba su indignación mirándome con intenso odio y maldad. El era la manifestación de todo lo malo. Después de unos diez segundos, lo "vi" dirigirse hacia el cuarto de baño y también alrededor, saliendo entonces de la casa por la puerta de la cocina.
Permanecí en mi posición original de oración. Simultáneamente con su salida, pareció que me llegaba desde todas las direcciones, desde los alcances infinitos del espacio, una corriente magnética vibrante, pulsante. En unos quince segundos probablemente, esa formidable fuerza entró en contacto conmigo, permaneció en mí cinco segundos, y entonces, lentamente, regresó hacia sus orígenes. Pero la sensación de liberación que me produjo su presencia, no hay palabras para describirla. A mi manera, carente de refinamientos, di las gracias a Dios, me acosté en la cama y me dormí como un niño.
No he vuelto a tener el deseo de un trago o de cualquier intoxicante desde aquella memorable mañana hace veintitrés años. En los años que llevo en nuestra Fraternidad, he tenido el privilegio de oír a uno que otro miembro describir una experiencia casi igual a la mía. El que saliera de mi casa, aquella figura del mal, simbolizó en realidad que salieran, de mi vida, todo el mal causado por el alcoholismo, ¿tal como algunos piensan? Cualquier cosa que haya sido, la otra parte de mi experiencia simboliza para mí, el amor poderoso y purificador de un Poder Superior, al que desde entonces me siento feliz de llamarle Dios.
San Diego, California.
NAUFRAGANDO
Antes de mi reclusión en un centro alcohólico, yo había tenido un período seco en Alcohólicos Anónimos. Ahora sé que había ido a Alcohólicos Anónimos para salvar mi matrimonio, mi trabajo y mi salud, aunque nadie hubiera podido convencerme en esa época de que las metas que me guiaban en A.A. no eran las apropiadas. En siete meses, mi hígado estaba ya bien, y me emborraché durante seis semanas, con el desenlace de mi reingreso al centro de recuperación.
En mi octava noche ahí, supe que me estaba muriendo. Estaba tan débil que difícilmente podía respirar. Respiraba dando pequeñas boqueadas, bastante alejadas una de otra. Sí me hubieran puesto un trago a tras centímetros de mi mano, no habría tenido fuerza suficiente para agarrarlo. Por primera vez en mi vida estaba arrinconado en una esquina en la que no podía pelear, engañar, mentir, robar o comprar mi manera de salir de ahí. Estaba metido en una trampa. Por primera vez en mi vida, proferí una oración sincera: "Dios mío, por favor ayúdame". No regateé con El, ni le sugerí cómo o cuándo El me iba a ayudar.
Inmediatamente me llegó la paz y tranquilidad. No hubo la luz de un relámpago o el choque de un trueno, ni siquiera una pequeña voz. Estaba asustado. No sabía qué me había sucedido. Pero me fui a acostar y dormí toda la noche. Cuando me desperté a la mañana siguiente, estaba fresco, fuerte y hambriento. Pero la cosa más maravillosa fue que, por primera vez en la vida, esa oscura, misteriosa nube del miedo se había ido. Mi primer pensamiento fue escribirle a mi esposa sobre esta experiencia, y lo hice. ¡Imagínenme siendo capaz de escribir una carta después de la situación en que me había encontrado la noche anterior!.
Estoy seguro de que algunos clasificarían esta experiencia como un ejemplo de "déjalo pasar y déjaselo a Dios". ¡Pero no para este terco sujeto! Me había agarrado a la punta de un delgado hilo de mi voluntad hasta que se reventó, y entonces fui agarrado por los "brazos sempiternos". Tuve que rendirme impotente, como un hombre que se está ahogando y pelea con el que trata de salvarlo.
Regresé a Alcohólicos Anónimos, pero estuve renuente por largo tiempo a contar mi experiencia. Temía que nadie me creyera y que se rieran de mí. Más tarde me enteré que otros habían tenido experiencias similares.
Una experiencia espiritual, creo, es lo que Dios hace por un hombre, cuando el hombre está totalmente impotente de hacerlo por sí mismo. Un despertar espiritual es lo que un hombre hace por medio de su buena voluntad para que su vida sea transformada, siguiendo un programa ya comprobado de crecimiento espiritual y esta es una aventura que nunca termina.
Raleig, Carolina del Norte.
martes, 21 de agosto de 2018
lunes, 20 de agosto de 2018
El Camino De Las Lagrimas (Cap. 1- Parte 1)
Me gustaría comenzar este nuevo libro para compartir, ya que fue uno de los primeros libros que me di a la tarea de leer completamente y me ayudo en su momento a superar algunas lagrimas que vivía. Dado que es mas fácil de conseguir este libro en varias partes, quiero decir que compartiré algunos capítulos, quiero darle a las personas que así lo quieran, la oportunidad de leerlo en la medida de lo posible. Espero poder compartirlo cada lunes y viernes como en otras ocasiones con otros libros. Así que, estén pendientes...
El Camino De Las Lagrimas (Jorge Bucay)
EMPEZANDO EL CAMINO
Así empieza el camino de las lágrimas. Así, conectándonos con lo doloroso.
Porque así es como se entra en este sendero, con este peso, con esta carga. Y
también con esta creencia irremediable: la supuesta conciencia de que no lo voy
a soportar. Porque todos pensamos al comenzar este tramo que es insoportable.
No es culpa nuestra; hemos sido entrenados por los más influyentes de nuestros
educadores para creer que no soportaremos el dolor, que nadie puede superar la
muerte de un ser querido, que podríamos morir si la persona amada nos deja, que
la tristeza es nefasta y destructiva, que no somos capaces de aguantar ni
siquiera un momento de sufrimiento extremo de una pérdida importante. Y
nosotros vivimos así, condicionando nuestra vida con estos pensamientos, que
como la mayoría de las creencias aprendidas son una compañía peligrosa
y actúan como grandes enemigos que nos empujasen a veces a costo mayores que
los que supuestamente evitan. En el caso de las pérdidas, por ej, pueden
extraviarnos de la ruta hacia nuestra liberación definitiva de lo que ya no
está. Hay una historia verídica, que sucedió en África. Seis mineros trabajaban
en un túnel muy profundo. De repente un derrumbe los dejó aislados del afuera
sellando la salida. En silencio cada uno miró a los demás. Con su experiencia
se dieron cuenta de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les
quedaba unas tres horas de aire, cuanto mucho tres horas y media. Mucha gente
de afuera sabían que estaban allí atrapados, pero un derrumbe como ese
significaba horadar otra vez la mina, podrían hacerlo antes de que se termine el aire? Los mineros
decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron hacer el
menor esfuerzo físico, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron en
silencio en el piso....era difícil calcular el tiempo que pasaba... incidental-
mente uno tenía reloj. Hacía él iban todas las preguntas ¿cuánto tiempo pasó?
¿Cuánto falta? ¿Y ahora? El tiempo se estiraba, cada minuto parecía una hora y
la desesperación agravaba más la tensión. El jefe se dio cuenta que si seguían
así, la ansiedad los haría respirar más rápidamente y esto los podía matar.
ordenó a el que tenía el reloj que sólo él controlara el paso del tiempo y
avisara cada media hora. Cumpliendo la orden, a la primera media hora dijo
"ha pasado media hora" Hubo un murmullo entre ellos y una angustia
que se sentía en el aire.. El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida
que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el
minuto final se acercaba.
Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morir sufriendo.
Así que la próxima vez que les informó la media hora habían pasado 45 minutos.
No había manera de notar la diferencia. Apoyado en el éxito del engaño de la
tercera información la dio casi una hora después... así siguió el del reloj,
cada hora completa les informaba que había pasado media hora. ...La cuadrilla
apuraba la tarea de rescate, sabían en qué cámara estaban atrapados y que sería
difícil poder llegar antes de cuatro horas. Llegaron a las cuatro horas y
media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos.
Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de
asfixia...el que tenía el reloj. Esta es la fuerza que tienen las creencias
en nuestras vidas. Esto es lo que nuestros condicionamientos pueden llegar a
hacer de nosotros. Cada vez que construyamos una certeza de que un hecho
irremediablemente siniestro va a pasar, no sabiendo cómo (o sabiéndolo) nos
ocuparemos de producir, de buscar, de disparar (o como mínimo de no impedir)
que algo de lo terrible y previsto nos pase realmente. De paso y como en el
cuento, el mecanismo funciona también al revés: Cuando creemos y confiamos en
que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
Claro que si la cuadrilla hubiera tardado doce horas, no habría habido
pensamiento que salvara a los mineros.
NO digo que la actitud positiva por sí
misma sea capaz de conjurar la fatalidad o de evitar tragedias. Digo que las
creencias autodestructivas indudablemente condicionan la manera en la cual
enfrento las dificultades. El cuento de los mineros debería obligarnos a pensar
en estos condicionamientos. Y empiezo desde aquí porque uno de los falsos mitos
culturales que aprendimos con nuestra educación es que no estamos preparados
para el dolor ni para la pérdida.
Repetimos casi sin pensarlo: "No
hubiera podido seguir si lo perdía" "No puedo seguir si no tengo
esto" "No podría seguir si no consigo lo otro" Cuando hablo de
dependencias, digo siempre que cuando tenía algunas horas o días de vida, era
claro, aunque yo no lo supiera todavía, que no podía sobrevivir sin mi mamá o
por lo menos sin alguien que me diera cuidados maternales; mi mamá era entonces
imprescindible para mí porque yo no podía vivir sin su existencia. Después de
los tres meses de vida seguramente me hice más consciente de esa necesidad pero
descubrí además a mi papá y empecé a darme cuenta de que verdaderamente no
podía vivir sin ellos. Algún tiempo después ya no eran mi mamá y mi papá, era
MI familia, que incluía a mi hermano, algunos tíos y alguno de mis abuelos. Yo
los amaba profundamente y sentía, me acuerdo de esto, que no podía vivir sin
ellos. Más tarde apareció la escuela y con ella, la Srita Angeloz, el
Sr.Almejúm, La Srita Mariano y el Sr.Fernández, maestros a quienes creí a su
tiempo imprescindibles en mi vida. En la escuela República de Perú conocí a mi
primer amigo entrañable "Pocho" Valiente, de quién pensé en aquel
momento que nunca, nunca, podría separarme.
Siguieron después mis amigos del colegio
secundario y Rosita, mi primera novia, sin la cual, por supuesto, creía que no
podía vivir. Y después la Universidad, pensaba que no podía vivir sin mi
carrera. Hasta que a los 21 años, después de algunas novias, también
imprescindibles, conocí a Perla y sentí inmediatamente que no podía vivir sin
ella. Quizás por eso hicimos una familia sin la cual no sabría cómo vivir, Y
así seguí sumando ideas, descubriendo más imprescindibles, mi profesión,
algunos amigos, el trabajo, la seguridad económica, el techo propio y aún
después, más personas, situaciones y hechos sin los cuales no podía vivir.
Hasta que un día, exactamente el 23 de Noviembre de 1979, me di cuenta que no
podía vivir sin mí. Yo nunca me había dado cuenta de esto, nunca noté que yo
era imprescindible para mí mismo. ¿Estúpido, verdad? Todo el tiempo sabía yo
sin quién no podría vivir y nunca me había dado cuenta, hasta los treinta años,
de que sobre todo, no podía vivir sin mí. Fue interesante de todas formas
confirmar que sería verdaderamente difícil vivir sin algunas de esas otras
cosas y personas, pero esto no cambiaba el nuevo darme cuenta "Me sería
imposible vivir sin mí." Entonces empecé a pensar que algunas de las cosas
que había conseguido y algunas de las personas sin las cuales creía que no
podía vivir, quizás un día no estuvieran. Las personas podían decidir irse, no
necesariamente morirse, simplemente no estar en mi vida. Las cosas podían
cambiar y las situaciones podían volverse totalmente opuestas a como yo las
había conocido. Y empecé a saber que debía aprender a prepararme para pasar por
estas pérdidas. Por supuesto que no es igual que alguien se vaya a que ese
alguien se muera. Seguramente no es lo mismo mudarse de una casa peor a una
casa mejor, que al revés. Claro que no es lo mismo cambiar un auto todo
desvencijado por un auto nuevo, que a la inversa. Es obvio que la vivencia de
pérdida no es la misma en ninguno de estos ejemplos, pero quiero decir desde el
comienzo que siempre hay un dolor en una pérdida. Perder es dejar algo
"que era", para entrar en otro lugar donde hay otra cosa "que
es". Y esto "que es" no es lo mismo "que era" Y este
cambio, sea interno o externo, conlleva un proceso de elaboración de lo
diferente, una adaptación a lo nuevo, aunque sea para mejor. Este proceso se conoce
con el nombre de "elaboración del duelo". Mejorar también es perder:
Como su nombre lo indica, los
duelos...duelen. Y no se puede evitar que duelan. Quiero decir, el hecho
concreto de pensar que voy hacía algo mejor que aquello que dejé es muchas
veces un excelente premio consuelo, que de alguna manera compensa con la
alegría de esto que vivo el dolor que causa lo perdido.
Pero atención: COMPENSA pero no EVITA
APLACA pero no CANCELA ANIMA a seguir pero no ANULA la pena. Siempre recuerdo
el día que dejé mi primer consultorio Era un depto alquilado realmente rasposo,
de un solo ambiente chiquitito, oscuro, interno, bastante desagradable. A veces
digo que no soy psicoanalista porque el paciente acostado no entraba en ese
consultorio, había que estar sentando. Y un día, cuando me empezó a ir mejor,
decidí dejar ese depto. para irme a un consultorio más grande, de dos
ambientes, mejor ubicado. Para mí era un salto impresionante. Y sin embargo,
dejar ese.consultorio, donde yo había empezado, me costó muchísimo. Si no
hubiera sido por mi hermano que vino a ayudarme a sacar las cosas, me habría
quedado sentado, como estaba cuando él llegó, mirando las paredes, el techo,
las grietas del baño, mirando el calefón eléctrico...porque no hubiera podido
ni empezar a poner las cosas en los canastos. Él me había venido a ayudar, y
empezó a descolgar los cuadros y a ponerlos en el piso...él sacaba y yo
ponía...así durante horas para poder dejar ese lugar y partir hacía algo mejor,
hacía el lugar que había elegido para mi futuro y mi comodidad... Lo increíble
es que yo lo sabía y lo tenía muy presente, pero esto no evitaba el dolor de
pensar en aquello que dejaba. Las cosas que uno deja siempre tiene que
elaborarse. Siempre tiene uno que dejar atrás las cosas que ya no están aquí,
aun cuando de alguna forma sigan estando...(?) Quiero decir, hace 26 años que
estoy casado con mi esposa, yo sé que ella es siempre la misma, tiene el mismo
nombre, el mismo apellido, la puedo reconocer, se parece bastante a aquella que
era, pero también sé que no es la misma.- Desde muchos ángulos es totalmente
otra. Por supuesto que físicamente hemos cambiado ambos (yo más que
ella), pero más allá de eso cuando
pienso en aquella Perla que Perla era, de alguna manera se me confronta con
esta que hoy es. Y en las más de las cosas me parece que ésta me gusta mucho
más que la otra. Y digo, es fantástica esta Perla comparada con aquella, es
maravilloso darse cuenta de cuánto ha crecido, es espectacular; pero esto no
quiere decir que yo no haya tenido que hacer un duelo por aquella Perla que
fue. Y fíjense que no estoy hablando de la muerte de nadie, ni del abandono de
nadie, simplemente estoy hablando de alguien que era de una manera y que hoy es
de otra. Que el presente sea aun mejor que el pasado no quiere decir que yo no
tenga que elaborar el duelo. El mapa no es el territorio. Hay que aprender a
recorrer este camino, que es el camino de las pérdidas, hay que aprender a
sanar estas heridas que se producen cuando algo cambia, cuando el otro parte,
cuando la situación se acaba, cuando ya no tengo aquello que tenía o creía que
tenía o cuando me doy cuenta de que nunca lo tendré lo que esperaba tener algún
día (y ni siquiera es importante si verdaderamente lo tuve o no). Este sendero
tiene sus reglas, tiene sus pautas. Este camino tiene sus mapas y conocerlos
ayudará seguramente a llegar más entero al final del recorrido. Un ingeniero
que se llamaba Korzybski decía que en realidad todos construimos una especie de
esquema del mundo en el que habitamos, un "mapa" del territorio y en
él, vivimos. Pero el mapa, aclara, NO es el territorio. El mapa es apenas
nuestro mapa. Es la idea que nosotros tenemos de cómo es la realidad, aunque
muchas veces esté teñida por nuestros prejuicios. Aunque no se corresponda
exactamente con los hechos, es en ESE mapa donde vivimos. No vivimos en la
realidad sino en nuestra imagen de ella. Si en mi mapa tengo registrado que
aquí en mi cuarto hay un árbol, aunque no lo haya, aunque nunca haya existido,
aunque el árbol no esté en el de Uds. y todos pasen por este lugar sin miedos
ni registro alguno, yo voy a vivir esquivando este árbol por el resto de mi
vida. Y cuando me vean esquivar el tronco Uds. me van a decir: -¿Qué hacés,
estás loco? Y yo voy a pensar "los locos son ustedes". Desde afuera
de mi mapa esta conducta puede parecer estúpida y hasta graciosa, en los hechos
puede resultar bastante peligrosa Dicen que una vez un borracho caminaba
distraído por un campo. De pronto vio que se le venían encima dos toros, uno
era verdadero y el otro imaginario.
El tipo salió corriendo para escapar de
ambos hasta que consiguió llegar a un lugar donde vio dos enormes árboles. Un
árbol era también imaginario pero el otro por suerte era verdadero. Borracho
como estaba, el pobre desgraciado trató de subirse al árbol imaginario y lo
agarró el toro real... Y por supuesto...colorín...colorado. Es decir, depende
de cómo haya trazado este mapa de mi vida, depende del lugar que ocupa cada
cosa en mi esquema, depende de las creencias que configuran mi ruta, así voy a
transitar el proceso de la pérdida.
domingo, 19 de agosto de 2018
Toma De Decisiones
Generalmente, cuando atravesamos por las bien llamadas “crisis” en las que todo parece perder sentido, en las que no quedan ganas de salir adelante, en las que parece que no hay por qué luchar y la esperanza se va, nos apresuramos de manera rápida a tomar decisiones por el deseo que tenemos de abandonar ese estado de dificultad.
Son momentos en los que -aparentemente- lo mejor es dejar todo tirado y tomar la decisión de desistir de un proyecto, de una meta que nos hayamos planteado, incluso, de los sueños que aún tenemos sin realizar.
Pues es necesario saber que cuando está lloviendo, uno no debe hacer mudanzas.
Y es que conozco gente que en medio de la crisis lo primero que hace es tomar una decisión que les termina costando mucho más caro.
Es necesario saber tomar las decisiones acertadas, en el momento acertado.
No podemos permitir que una baja en nuestras emociones y sentimientos nos hagan perder de vista el horizonte que nos hemos planteado.
Hay que tener presente –muy presente, siempre- que el fracaso no tiene la última palabra, en cada cosa que nos pasa hay un aprendizaje, posibilidades siempre de salir adelante y, sobre todo, que el dolor no puede ser nuestro consejero al momento de aventurarnos a tomar decisiones trascendentales que pueden transformar nuestra vida para mal.
Piensa, analiza y decide, no termines perdiendo todo el esfuerzo que has hecho, solo por una desilusión.
TAREA DEL DÍA
No tomes decisiones a la ligera.
P. Alberto José Linero
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