lunes, 13 de mayo de 2019

¿Se Cree Usted Diferente? (Parte 8)

Me llamo Miguel y soy alcohólico (clérigo)

Soy un sacerdote católico, pastor de almas, con título de monseñor. Soy también alcohólico. Hace algunos meses, celebré el aniversario de mi ordenación. Un mes antes celebré un aniversario más importante, mi cuarto como miembro de A.A. ¿Por qué digo que mi aniversario de A.A. es más importante que el de mi ordenación? La respuesta es que, a través de A.A., mi Poder Superior, Dios no sólo me salvó la vida y me devolvió el sano juicio, sino que también me dio una nueva forma de vida que ha enriquecido mucho mi sacerdocio. Así que hoy, gracias a Dios y a A.A., me estoy esforzando, honesta y sinceramente, a pesar de mis numerosos defectos, por cumplir con mi vocación de sacerdote de la forma que Dios quiso. Mi sobriedad tiene que ser la cosa más importante de mi vida. Sin la sobriedad, volvería inmediatamente a llevar la vida que llevé durante mis últimos años de bebedor — la vida de uno que iba en una única dirección, hacia abajo.

Creo que me lanzaba a trabajar por trabajar, extendiéndome hiperactivamente en muchas direcciones — cualquier cosa para evitar mirarme a mí mismo. El alcohol llegó a ser una recompensa por mis duras labores. Con el fácil pretexto de “Con la misma intensidad que trabajo, me divierto,” traté de justificar una forma de beber que se había hecho más frecuente, y por períodos más largos, y que resultó en el absentismo, las mentiras, las decepciones y las irresponsabilidades.

Impulsado por repetidas rachas de culpa, de remordimientos y depresión, fui buscando la ayuda de los médicos y de mis compañeros los curas — en vano. Probé retiros, oraciones, actos de abnegación, abstinencia del alcohol por algún tiempo casas de descanso, cambios geográficos. Nada funcionó.

Me encontré desmoralizado, desesperado. Así una vida que había sido motivada por grandes ideales, grandes entusiasmos, ardientes esperanzas, llegó a encerrarse en un círculo compuesto por la botella y yo. El sacerdote, el hombre de Dios, se postraba ante otro maestro, el alcohol.

Finalmente, desde el fondo de mi pozo profundo, envuelto en la oscuridad, sin esperanza y desamparado, grité pidiendo socorro. Por fin, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para lograr la sobriedad. Y Dios me oyó y respondió.

Después de un período de hospitalización, asistí a mi primera reunión de A.A. Luego, me uní a un grupo de sacerdotes alcohólicos, y asistí asiduamente a estas reuniones. También asistí a reuniones de legos, abiertas y cerradas. Escuché con mente abierta. Me hice activo. Además, pasé seis meses en tratamiento psiquiátrico.

Día a día, un día a la vez, me he mantenido alejado del primer trago. A.A. se ha convertido en mi forma de vivir. Me doy cuenta de que, paradójicamente, mantengo mi sobriedad regalándola. Dondequiera que alguien busca ayuda, yo soy responsable. Lo que me fue dado libremente, libremente tengo que dar.

De una cosa estoy seguro: Dios quiere hoy que esté sobrio durante estas 24 horas. El dispondrá del resto. Si permanezco fiel a este camino, al camino de la vida de A.A., día a día, durante los días que me quedan, rezo — y lo creo, aunque con cuidado de la auto-satisfacción, para que Dios, mediante su merced amorosa, me convierta en el sacerdote que El quiere que sea.

viernes, 10 de mayo de 2019

Mis Mejores Regalos Del Día De las Madres

-Mis hijos han hecho más profundo a mi capacidad de amar. Hasta que tuve mi primer hijo, no conociste el sentimiento de amar a un ser humano más que a mí misma.


-Mis hijos me han enseñado a ser compasiva. cuando tuve que pasarme noches enteras sin dormir cuidando a un hijo enfermo, aprendí que no hay nada más difícil que ver sufrir a una persona que amas.


-Mis hijos me han permitido respetar y amar a mi marido como padre suyo. se interesa tiernamente en sus problemas y tiene una chispa de genialidad que cambia un día miserable en un día lleno de alegría.


-Mis hijos me han enseñado a ser humilde. He aprendido que no existe una mamá que lo sepa todo, y que cada día es una oportunidad de aprendizaje y conocimiento.


-Mis hijos me enseñan enseñado a creer en mí misma. porque mis hijos han creído en mí y confían en mí juicio sin ninguna reserva, cada día voy creciendo más y más en mí.


-Mis hijos me han enseñado que nadie puede ser feliz haciendo infeliz a otra persona. Yo sólo puedo asegurar mi propia felicidad salvaguardando la felicidad que mis hijos En cuánto ésta en mi mano.


-Finalmente, mis hijos me han enseñado a seguir los dictados de mi corazón. Después de muchos años, he aprendido, luego de orar y de reflexionar, mi corazón nunca ha hecho que me equivoqué. Es una fuente de sabiduría confiable.


Estoy profundamente agradecida con mis hijos por estos regalos del día de las madres.

jueves, 9 de mayo de 2019

Una Madre Escribe A Su Hijo


Querido hijo:
Naciste un viernes a medio día, sin publicidad, en forma rápida, sin provocarme excesivos dolores.
Tenía los ojos cerrados; tu lengua colgada fuera de la boca.
Al mirarte pensé: "que feo!" Pero no me atrevía a decirlo. Lo que dije fue: "que pequeño!"
Transcurría el tiempo y tú no mejorabas. Todos nuestros vecinos sabían cuál era tu enfermedad y tu sombrío porvenir. Solamente tu padre y yo lo ignorábamos.

nos convencieron de que consultar amos a un famoso especialista, que sin duda te curaría. Al regresar a casa te acomodé en la cunita; me quedé mirándote y le dije a Dios: -Tu, Señor, nos das y nos quitas, llévatelo por favor, ¿para qué sirve su vida inútil?

Hijo mío, perdóname, también entonces te he pedido inmediatamente perdón: Cómo era posible que una vida humana, tu vida, ¿fuera inútil? tú eres mi hijo al igual que los demás hijos, tú no tenías culpa; todos tienen problemas, nada más que los tuyos eran diferentes...

¡Cuando por primera vez me dijiste “mamá!", Rompí a llorar de felicidad, aunque ya tenías tres años de edad.

la primera vez que tambaleando corriste a mí encuentro, aun teniendo 4 años de edad, te apreté en mis brazos y me hiciste feliz. Me habían enseñado a esperar con paciencia 4 años aquel momento.

Más tarde, nadie quiso mirarte en la escuela, nadie te aceptado en la sociedad. Gracias a ti aprendí a ser humilde y sonriente; yo son rodilla para que te sonrieron a ti.

Cuando la gente se percató de tu presencia en este mundo, tú me enseñaste a luchar para que te acogerán. Y cuando otras madres luchaban para que el mundo aplaudiera su hijo de tu misma edad, yo me conformaba con tus primeros pasos. tú me enseñaste a no dar a mis otros hijos dinero y éxitos, sino tan sólo felicidad.

Llegó a vivir con nosotros tu tía. Llevo desesperada por sus fracasos, con un carácter insoportable, rechazada por todo el mundo, incapaz ya de vivir sola aguantándose a sí misma. Tu presencia hijo mío, no fue inútil sino indispensable para tu tía a lo largo de 22 años. Fuiste a tu su único amigo y confidente; soportas te su despotismo y prepotencia; endulzaste sus amarguras, la hacía sonreír con tus disparates. durante 22 años diste un sentido a su amarga vida y endulza hasta sus últimos días.

Cuando tu tía murió, volviste a hacer todo nuestro. tu padre y yo comenzamos a quererte más que nunca. Los tres pasamos juntos nuestras últimas vacaciones.

Sobrevino la última enfermedad de tu padre y su muerte. Cuando desesperada volví al cementerio, sólo a ti te encontré en la casa. Tu nada sabías de lo que había pasado; aún menos entendía su trascendencia. Pero misteriosamente sí "sentías" que algo terrible había sucedido.

Gracias a ti logré sobrevivir, mejor dicho, a "vivir" de nuevo. Seguir trabajando y luchando por ti. Y ahora te has vuelto mi único acompañante. En este mundo Ya nadie me brinda su compañía, ni su mirada, ni una caricia, ni un abrazo o un consuelo.

y sin embargo me siento feliz porque aún puedo hacer feliz a alguien en este mundo infeliz. Ese "alguien" eres tú, aquí en tan poquito basta para que sea feliz.

Tu afectadisima madre.

Una señora vecina de Dormía, Italia