Regresar con tu ex es como cargar el celular 5 minutos antes de salir... parece que va a funcionar, pero no es sí...
Ya me da flojera enojarme, ahora sólo observo, pienso, me decepciono, y me alejo.
Es bello cuando te dicen con los labios, fue un error y con los ojos... Aun te extraño...
Nada sucede por casualidad, en el fondo las cosas tienen su plan secreto, aunque nosotros no lo entendamos.
La mujer perfecta no es con la que no peleas, sino con la que tiene peleas y la resuelven juntos.
La soledad es un estómago sin mariposas.
Ni el amor es una jaula, ni la libertad es estar solo, no hay que confundir las cosas.
Sé la persona intuitiva que eres. Suéñalo, vívelo, siéntelo.
La guerra es siempre una derrota de la humanidad
No te deseo el mal, pero ojalá y te de un insomnio lleno de recuerdos míos.
No tengas miedo al fracaso porque sólo a través del fracaso se aprende a tener éxito.
A las mujeres solo hay que consentirás, amarlas y cumplirles sus caprichos en 2 ocasiones. 1 cuando es su cumpleaños y 2 Cuando no lo es.
Enamorarse es fácil, permanecer enamorado es un desafío, dejar ir es lo más difícil...y seguir adelante es un triunfo
Un amigo es alguien que puede ver la verdad y el dolor en ti, incluso hasta cuando estás engañando a todos los demás.
Los verdaderos amigos siempre, pero siempre se reconcilian pase lo que pase.
El tiempo es el mejor autor, siempre encuentra el final perfecto.
Nunca convencerás a un ratón de que un gato negro trae mala suerte.
El tamaño de tu éxito será del tamaño de tu esfuerzo.
Dios siempre está allí, todo lo que tienes que hacer es quedarte quieto y percibirlo.
Cultivar un verdadero amigo requiere dedicación y tiempo.
La distancia no acaba con el amor, la distancia sólo acaba con lo que no es real
Ni tan cerca por que me matas, ni tan lejos porque me muero
Las personas siempre cambian después de ser heridas
Cómo dejar de querer lo que empezaste a querer sin querer
Llega un momento en la vida donde necesitas detenerte, ver dónde estás y mirar hacia dónde quieres ir
sábado, 28 de julio de 2018
viernes, 27 de julio de 2018
ASÍ QUE AMAS A UN ALCOHÓLICO (PARTE 1)
El Alcoholismo Es Una Enfermedad
Lo primero que debes reconocer, creer y aceptar es que el alcohólico padece de una enfermedad real, una enfermedad que afecta a todos los que mantienen una relación estrecha con él.La Asociación Médica Americana y muchas otras autoridades en todo el mundo declaran que el alcohólico padece de una enfermedad sobre la cual él no tiene control. El alcoholismo no lo causa la debilidad de carácter, la inmoralidad ni el deseo de herir a otros.
Las investigaciones científicas recientes, acerca de la comprensión de esta enfermedad, han desechado todas las ideas anticuadas basadas en la superstición, la ignorancia y los prejuicios. El éxito del nuevo enfoque lo prueba la gran evidencia de los muchos miles de recuperados en Alcohólicos Anónimos, Al-Anon y Alateen.
Una vez que hayas aceptado la idea de que el alcoholismo es una enfermedad, de la cual los bebedores compulsivos y los que se preocupan por ellos pueden hallar alivio, no tendrás razón para sentirte avergonzado del alcoholismo, ni razón para temerlo.
Infórmate De La Realidad
Borra de tu pensamiento todo lo que creas que sabes acerca del alcoholismo. Entonces dedícate a un programa de aprendizaje.Si hay un servicio de información sobre alcoholismo cerca de tu domicilio (consulta la guía telefónica), visítalo. Encontrarás información basada en investigaciones y experiencias. Lee cualquier cosa que puedas. Pide una lista de libros sobre el tema, luego búscalos en la biblioteca pública.
Asistiendo a las reuniones abiertas de Alcohólicos Anónimos puedes obtener valiosa información sobre el alcoholismo directamente de los que lo padecen. Generalmente AA aparece en la guía telefónica. Llama y pregunta, cuándo y dónde se llevan a cabo las reuniones. Si AA no está en la guía, consulta al servicio de información sobre alcoholismo o a tu doctor o clérigo.
No tengas inconveniente en asistir a estas reuniones. No dudes porque creas que eres un extraño; todos los que están interesados en el problema del alcoholismo son bienvenidos. Conversa con los miembros después de las reuniones; puedes hablar de tus dificultades con las personas que conozcas allí.
Busca Ayuda Ahora
No esperes a que el alcohólico busque ayuda antes de tomar una decisión en tu propio beneficio. Cualquiera que esté en contacto estrecho con un alcohólico se halla en contante presión y tensión emocional y necesita ayuda para librarse de esto. Nada te dará más alivio que la comprensión y la ayuda sincera que encontrarás en un Grupo de Familia Al-Anon. Allí tú, como un miembro dijo una vez, <<aprenderás a vivir de nuevo>>.Los Grupos de Familia Al-Anon y Alateen, se componen de esposas, esposos, hijos y otros parientes y amigos de alcohólicos. Si hay un grupo cercano a tu domicilio, estás de buena suerte. Los miembros son compasivos, están bien informados y saben por experiencia propia lo que son los problemas como los tuyos, al tenerlos ellos también.
Busca a Al-Anon en la guía telefónica. Si no está en ella, consulta con AA o con el servicio de información sobre alcoholismo.
Las conversaciones con personas que comparten tus problemas te convencerán emocionalmente - como tus otras investigaciones puede que te hayan convencido intelectualmente - de que el alcohólico es un enfermo y no un ser pecaminoso. El compartimiento de este conocimiento puede ayudarte a empezar tu propia recuperación.
Algunas Cosas Que No Se Deben Hacer
Si tu alcohólico bebe todavía, aprender lo que no se debe hacer es parte importante del programa. No trates al alcohólico como a un niño; no lo harías si padeciera de cualquier otra enfermedad. No lo vigiles para saber cuánto bebe. No busques el licor escondido. No derrames el licor; el alcohólico siempre encontrará la forma de buscar más. No sermonees al alcohólico sobre la bebida. Y nunca discutas con él mientras está bajo la influencia del alcohol. No prediques, reproches, ni regañes, ni riñas.
Si puedes evitar estas cosas conseguirás llegar a un estado de ánimo más tranquilizador. Todas estas advertencias se basan en buenas razones, surgidas de la experiencia de muchas personas.
El alcohólico sufre de un sentimiento de culpabilidad, mucho más de lo que él no alcohólico pueda imaginarse. Recordarle los fracasos, el abandono de la familia y amistades y las faltas es un esfuerzo inútil, sólo empeora la situación.
Afrontar el problema diciendo <<si tú me quisieras>>, es igualmente inútil. Recuerda que el alcoholismo es obsesivo por naturaleza y no se puede controlar con la fuerza de voluntad.
Igualmente inútiles son las promesas, coacciones, peleas y amenazas. Una palabra sobre ésta última: No amenaces a menos que estés preparado para llevar a cabo tu amenaza.
Evita tomar la actitud que consiste en decir: <<soy mejor que tú>>. La hostilidad y el desprecio no pueden curar una enfermedad y constituyen una actitud impropia.
A veces una crisis puede convencer al alcohólico de su necesidad de ayuda - la pérdida del trabajo, un accidente o un arresto. Evita el cuidado y la solicitud excesivos en esos momentos. La crisis puede ser necesaria para su recuperación. No hagas nada por impedir que la crisis suceda. No pagues sus cheques sin fondos, ni cuentas vencidas, ni vayas con disculpas al jefe. El sufrimiento que estás tratando de suavizar con tales acciones puede ser lo que el alcohólico necesite para darse cuenta de la gravedad de su situación. Como suele decirse, no hay mal que por bien no venga
jueves, 26 de julio de 2018
A.A. PARA LA MUJER (Parte 2)
“El faltar a mis promesas a mis hijos …”
Mi madre murió cuando yo tenía 12 años, y solía pensar que mi vida habría sido diferente si ella hubiera vivido. Pero ahora creo que, aun en aquel entonces, mi problema era ya parte de mí misma. Tenía un fuerte sentimiento de inferioridad y era muy tímida. Mi padre hacía todo lo que podía para criarme a mí y a mis dos hermanas menores, manteniendo unida la familia hasta que me fui de casa para asistir a la universidad. El mandó a mis hermanas a un internado.Puedo recordar el miedo cerval que me entró al ver prepararse a mi padre para dejarme en la universidad. Yo sabía que no iba a poder lograr conocer y tratar a toda aquella gente. Desde el comienzo, era una inadaptada, y así me sentía. Por ello, los años que pasé en la universidad fueron años de sentimientos heridos, rechazos y ansiedades.
Finalmente logré casarme. Mi marido era un hombre muy guapo, y por esto creí que perdería mis temores y dejaría de estar tan nerviosa con la gente.
Desgraciadamente, no era así, a menos que tomara un trago. En la universidad, había descubierto que una o dos copas facilitaban la comunicación. Y tres me hacían olvidar que no era hermosa.
Con el paso del tiempo, tuvimos hijos, quienes para mí significaban todo. No obstante, me despertaba horrorizada al darme cuenta de que había conducido de aquí a allá durante una laguna mental, con ellos en el coche.
Entonces, mi marido se puso enfermo. Sintiéndome muy sola y angustiada, tenía que beber, a pesar de que mis hijos — ahora mi marido — dependían de mí.
Nos mudamos a un pueblo pequeño de Massachusetts, para vivir con mis suegros. Tenía la esperanza de que un nuevo círculo social resolvería el problema. No fue así.
Te puedo asegurar que una persona no se hace querer por su suegra emborrachándose en público en un pueblo pequeño.
Luego nos trasladamos a una vieja casa de campo, difícil de calentar y de cuidar. Mi marido viajaba frecuentemente, y yo cada vez bebía más.
Una noche fui a un bar a unos cuantos kilómetros de nuestra casa, después de haber encargado a mi hijo de 11 años que cuidara a sus hermanas. Llevé conmigo a una amiga de edad avanzada. Uno de los hombres que estaba en el bar se había ofrecido para conducir mi coche hasta mi casa pero le dije en tono beligerante que lo podía hacer yo. Al acercarnos a la casa, aceleré un poco y chocamos contra un poste. Mi vecina acabó con los ojos morados.
Sin saberlo yo, el hombre que se había ofrecido para conducir mi coche, nos había seguido en el suyo.
El dispuso para que sacaran el coche de la cuneta y lo remolcaran hasta mi casa. No se quedó mucho tiempo, pero después de irse, subí la escalera y encontré a mi hijo sentado al lado del conducto de la calefacción, por el que apuntaba con su escopeta de aire comprimido.
“¿Qué estás haciendo?”, le pregunté. “No estaba seguro, mami,” me respondió, “pero me parecía que tal vez necesitabas ayuda.” En este momento, me sentí como si hubiera llegado al punto más bajo. Tengo la convicción de que tiene que haber alguna motivación que nos haga querer ponemos sobrias, y para mí, estoy segura de que esta motivación me la dieron mis hijos.
Nunca olvidaré la fiesta que tuvimos al celebrar el cuarto cumpleaños de mi hija. Al llegar el día, las madres, acompañadas de sus hijas, se presentaron en mi casa. Al verme, decidieron quedarse a la fiesta.
Estaba tan borracha que no se atrevieron a dejar a sus hijas a solas conmigo.
Fue esto — el faltar a mis promesas a mis hijos — lo que finalmente me hizo darme cuenta de que ya no podía vivir más conmigo misma. Acudí a A.A. buscando ayuda. Como la mayoría de la gente, tenía multitud de ideas erróneas referente a lo que encontraría cuando llegara a una reunión. Creía que todos los alcohólicos eran personajes de ínfima clase. En mi primera reunión, me sorprendió ver a mucha gente que reconocía como miembros respetables de la iglesia.
Aún más importante, la primera vez que entré a una reunión de A.A., experimenté esa sensación maravillosa de pertenecer. Al conversar con la gente, descubrí que no era la única persona que había hecho las cosas que hice y herido a las personas a las que yo más quería. Había tenido miedo de estar volviéndome loca. Me llenó de gratitud el enterarme de que el alcoholismo es una enfermedad triple — que había estado enferma mental, física y espiritualmente.
Durante mis primeros años como miembro, tuve dificultad en asistir regularmente a las reuniones de A.A. Mis hijos eran todavía pequeños, y a menudo era difícil encontrar a alguien que pudiera venir a mi casa a cuidarlos. No obstante, desde la primera reunión, me enamoré de A.A., y supe que, de alguna forma, iba a encontrar la solución a través de este programa.
Aunque no encontré todas las soluciones al mismo tiempo, he ido encontrándolas poco a poco. Al principio, era todavía tímida, cohibida, envuelta en mí misma de forma que me era difícil extenderme y coger la mano que me ofrecían tan generosamente.
Con el tiempo, a través de los Doce Pasos de A.A., logré darme cuenta de que, si aceptaba el amor que me ofrecían tan abiertamente, podría aprender, a través de A.A., a sentirme cómoda con la gente. Para mí, éste fue un adelanto tremendo y me condujo hacia uno de los regalos más grandes que A.A. me ha dado: el de dejar de tener miedo. El miedo siempre había dominado mi vida — miedo a la gente, a las situaciones, a mis propios defectos. En A.A. he aprendido a tener confianza, y a vivir sin temor.
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