2.- EXPERIENCIAS ESPIRITUALES
Es cierto que todos los poseedores de experiencias espirituales confirman su verdad. La mejor evidencia de esa verdad está en los frutos que produce. Aquellos que reciben estos dones de gracia son gente muy transformada, casi invariablemente hacia lo mejor.
Bill W.
Charla, 1960.
EL HA ESTADO ESCUCHANDO
En mi temprana juventud fui colocado ante una disyuntiva; lo que parecía ser una monótona vida moral, o lo que parecía ser una excitante vida de aventura... después de unos tragos de alcohol. Yo había sido criado en la tradición de un Dios inflexible y vengativo, que estaba pendiente de cada una de las cosas que hacía. No podía trabajar mucho sobre el amor a una deidad de esa naturaleza, y por eso me hacía sentirme culpable. Pero después de uno o dos tragos, olvidaba mi culpa. ¡Esto, decidí, era la vida para mí!.
Comenzó siendo suficientemente placentera, fomentando sueños de resplandeciente fama y fortuna. Pero esta vida gradualmente regresó a ser una constante pesadilla de miedo y remordimiento sobre mi condición y resentimiento e ira ante el modo normal de vida que discurría a mi alrededor, y al que aparentemente no podía pertenecer. La verdad es que bebía para salirme de la sociedad, llegando gradualmente a un estado mental que anuló toda clase de contacto social o moral con cualquier persona. Pero en esa época no pude ver que mi forma excesiva de beber fuera la causa. Llegué a convencerme de que Dios y la sociedad me habían olvidado, negándome las oportunidades en la vida. No podía ver una razón para vivir. Carecía del valor para matarme, pero creo que la desesperación hubiera llegado a romper esta barrera que me ponía la cobardía, si no hubiera sido por una experiencia que cambió mi enfoque mental por completo.
Esta experiencia me llegó por medio de la muerte de mi padre en Escocia. El había vivido una buena vida en comunidad y había recibido honores a su muerte de todos los que lo habían conocido. Yo había recibido periódicos que daban cuenta de su funeral. Esa noche, estaba sentado ante una pequeña mesa en una atestada taberna, bebiendo y conmiserándome por lo que había leído. No sentía pesar por la muerte de mi padre. El odio y la envidia saturaban mi mente, y murmuraba para mi mismo. "¿Por qué deben él y otras gentes tener todas las oportunidades para salir adelante en la vida, mientras que los hombres buenos como yo no tienen ninguna? La gente me amaría y me honraría a mí también, si tuviera las oportunidades que él tuvo en la vida".
En la taberna, el ruido de la conversación era ensordecedor. Pero de pronto oí una voz en mi mente decirme claro y fuerte:" ¿Qué cuentas de tu vida le vas a dar a Dios?". Miré a mi alrededor, espantado, parecía la voz de mi abuela. Ella había muerto y salido de mis pensamientos había más de veinte años. Esta era su cita favorita. Se la había oído decir frecuentemente en mi juventud; ahora la oía otra vez en la taberna.
Tan pronto oí esto voz, mi mente se aclaró, y supe más allá de cualquier duda, que ninguna persona ni situación era responsable de mi estado. Yo era el único responsable.
El efecto fue demoledor. Primero, había oído esa voz, y entonces la completa excusa de mi fracaso en la vida - que yo nunca había tenido ninguna oportunidad fue borrada de mi mente para siempre. Me golpeó el pensamiento de que si me hubiera suicidado, había una probabilidad de que pudiera haberme encontrado ante Dios y tener que darle cuentas de mi vida que había llevado sin poder culpar a nadie de haberla vivido así. Yo no quería que esto me sucediera, y la idea de suicidarme fue abandonada en ese momento. Pero la idea de que podría morir en cualquier momento, continuaba asediándome.
Todo esto es una locura, pensé. Pero, sin importar lo mucho que discutiera conmigo mismo que solo estaba teniendo una alucinación, no podía rechazar la deducción de la experiencia. Podía verme, en mi imaginación, cómo era llevado a la presencia de una deidad de apariencia severa, que fríamente me miraba bajo su nariz con absoluto desprecio, diciéndome ásperamente, "¡Habla!" Esto era todo lo lejos de que mi imaginación podía llevarme, y desde ese punto me emborrachaba ciegamente tratando de borrar definitivamente la experiencia completa. Pero cuando volvía en mí por la mañana, la experiencia aún permanecía conmigo, más fuerte que antes.
Pensé que mejor dejaría de beber por una temporada y comenzaría a reestructurar mi vida. Esta resolución me produjo una terrible sacudida. Hasta entonces, nunca había relacionado mis dificultades con el alcohol. Sabía que bebía mucho, pero siempre había pensado que tenía buenas razones para beber. Ahora descubría, para mi confusión y horror, que no podía dejar de beber. La bebida se había convertido en una parte tal de mi vida, que no podía funcionar sin ella.
No supe a donde acudir para pedir ayuda. Creyendo que la gente pensaba sobre mí en la misma forma en que yo pensaba acerca de ellos, estaba seguro que nadie era el indicado para pedirle ayuda. Entonces, sólo quedaba Dios, y si El sentía por mí lo mismo que yo sentía por El, esta era con seguridad una débil esperanza. De esta manera, pasé los tres meses más negros de mi vida. Durante este período, parecía que, bebía más de lo que lo había hecho anteriormente, y rezaba a "nadie" pidiendo ayuda para alejarme del alcohol.
Una mañana desperté en el piso de mi habitación, terriblemente enfermo, convencido de que Dios no iba a oírme. Más por reflejo que por otra cosa, fui a trabajar esa mañana e intenté hacer una nómina de pago, aunque me era muy difícil controlar mis temblorosas manos el mínimo suficiente para poner los números en el lugar correcto. Después de muchos problemas, finalmente completé el trabajo.
Con un suspiro de alivio, miré por la ventana y noté a un hombre que se aproximaba al almacén donde yo estaba trabajando. Cuando lo reconocí, el odio surgió en mi mente. Hacía siete meses él había tenido el descaro de preguntarme delante de otros hombres si yo tenía problemas con la bebida, y yo fui profundamente insultado por su pregunta. No lo había visto desde entonces, pero mi odio por él estaba vivo y afectando mi vida, cuando él pasó por el almacén.
Entonces sucedió algo que nunca ha cesado de sorprenderme. Cuando salió de mi vista, todo lo que siguió quedó en una laguna. Lo que a continuación recuerdo es que yo estaba de pie ante él fuera del almacén, oyéndome preguntarle en qué forma podía ayudarme a dejar de beber. Si yo hubiera decidido conscientemente recurrir a algún individuo para que me ayudara, ¡él hubiera sido el último hombre al que me hubiera dirigido! Se sonrió, y dijo que trataría de ayudarme, y me llevó al programa de recuperación de A.A.
Meditando sobre esto, finalmente me pareció obvio que el Dios que pensé me había juzgado y condenado, no había hecho nada al respecto. El me había estado escuchando, y en el tiempo que El lo vio como bueno, llegó su respuesta. Esta respuesta suya fue triple: me dio la oportunidad de vivir sobrio; Doce Pasos para practicarlos, como el medio para obtener y conservar esa vida de sobriedad; y una fraternidad dentro del programa, siempre dispuesta a sostenerme y ayudarme en cada una de las veinticuatro horas del día.
No conservo ninguna ilusión de que yo traje el programa de recuperación de A.A. dentro de mi vida. Siempre lo debo considerar como el don de una oportunidad. El hacer uso de esa oportunidad, es mi responsabilidad.
St. John's, Terranova, Canadá.
UNA PRESENCIA
Soy el radio-operador de un buque petrolero, y la revelación final de mi situación y su alivio llegó mientras estaba sentado solo en mi cuarto de descanso con mi botella favorita. Pedí la ayuda de Dios en voz alta, aunque sólo mis oídos podían escucharme. Súbitamente sentí una Presencia en el cuarto, trayéndome un calor interno muy particular, una distinta, más suave tonalidad de luz, y una inmensa sensación de liberación. Aunque estaba lo suficientemente lúcido, me dije: "Estás borracho otra vez", y me fui a acostar.
Por la mañana, sin embargo - en plena luz del día -, la Presencia continuaba ahí. No tenía malestar tampoco. Me di cuenta de que había pedido y había recibido. Desde ese día, no he vuelto a tomar alcohol. En cualquier momento que siento la obsesión, pienso en lo que me sucedió, y eso me mantiene bien.
Internacionalista de A.A.
sábado, 18 de agosto de 2018
viernes, 17 de agosto de 2018
Tu Relación Con Los Demás
¿Cómo está tu relación con los demás seres humanos?
Somos seres sociales, existimos siempre con otros, en relación con ellos.
Nunca podemos comprender nuestra existencia como una entidad individualista y aislada.
Nuestra felicidad, de alguna manera, está determinada por la relación con otros.
No podemos pretender ser felices a espaldas de los demás, eso no es posible.
¿Cómo está tu relación con tu familia? ¿eres un buen amigo? ¿estás viviendo una buena vida de pareja? ¿eres una persona confiable, de la que se sabe qué esperar? Tenemos que comprender que no todas las personas están en el mismo nivel de importancia y de afecto. Es claro que algunas personas son muy cercanas a nosotros y las amamos mucho, y, también, hay otras que son compañeras con los cuales tratamos de tener buenas relaciones, pero que no son tan cercanas afectivamente.
Y seguro hay algunos con los que nos cuesta mucho relacionarnos y que son siempre un desafío a nuestro cristianismo.
Es valioso tener claro qué tipo de relaciones estamos teniendo, cómo nos estamos comportando con los demás, cómo resolvemos los conflictos, cómo expresamos el afecto a los que amamos, qué tenemos que mejorar en las relaciones con ellos.
Es pensar en el otro, el descentrar la vida de mis intereses y deseos y comprender lo que los demás sienten y esperan.
Es importante comprender que siempre podemos ayudar a los otros, y no dando desde lo que nos sobra, sino muchas veces desde lo que también necesitamos.
TAREA DEL DÍA:
¿Cómo puedes ayudar a las personas que están a tu lado? Hoy no busques ser comprendido, sino comprender
POR PADRE ALBERTO LINERO
jueves, 16 de agosto de 2018
A.A. PARA LA MUJER (Parte 7)
“Era insaciable, vacía adentro, buscando la felicidad en el fondo de la botella.”
Mi nombre es María y soy alcohólica. Gracias a Alcohólicos Anónimos y por la gracia de Dios no he tenido que tomar un trago de alcohol en 21 años.
Bebí por primera vez el día en que cumplí 16 años de edad, que por casualidad fue el mismo día en que me casé. Inmediatamente me gustaron los efectos que el alcohol producía en mí. Por naturaleza, soy una persona tímida y callada; no obstante, el alcohol me dejaba hacer cosas que no me podía imaginar hacer cuando estaba sobria.
Por haberme criado en un barrio integrado de Queens, Nueva York, no me di realmente cuenta de que era una mujer negra, hasta que me trasladé a Chicago. No era un hecho que pudiera cambiar, y sólo hizo que me sintiera más resuelta a ser alguien.
Bebí solamente durante cinco años, pero al echar una mirada en retrospectiva, es aparente que bebía alcohólicamente desde el mismo principio. Cuando bebía, otra personalidad asumía su dominio sobre mí — una personalidad que no me caía bien. Tengo tres hijos. Uno nació durante las últimas etapas de mi enfermedad, y hoy, me parece, se nota la diferencia en su personalidad.
Durante mis años de bebedora, era infiel a mi marido. Le echaba la culpa de mi infelicidad a él, o al hecho de que era demasiado joven cuando me casé.
Era insaciable, vacía adentro, buscando la felicidad en el fondo de la botella.
No frecuentaba los bares. La mayoría de las veces, bebía en casa. El trabajo de mi marido le requería ausentarse a menudo de la ciudad. Esperaba unos treinta minutos después de que él salía de la casa, y luego me dirigía al almacén de licores, compraba mi suministro, me volvía a casa y bebía sin tregua hasta perder el conocimiento. Me hundía en lo que más tarde aprendería a reconocer como “una racha de autocompasión,” llamaba a mis amigos para invitarles a una fiesta. Sin embargo, al poco rato, estos sentimientos se convertían en remordimientos y culpabilidad. No tenía ni siquiera la sospecha de que era alcohólica. No sabía lo que significaba ser alcohólica.
Creía que mi marido causaba todos mis problemas, y decidí divorciarme.
Una tarde, sentada en el sillón escuchando la radio o mirando la TV, no puedo recordar el qué, oí una voz que decía, “Si tienes un problema con la bebida, llama a este número.” Me habían dicho que bebía en demasía — ¿Por qué no llamar? Si el locutor hubiera dicho, “Si eres un alcohólico…”, nunca habría telefoneado. Por curiosidad, telefoneé. Una mujer muy amable me preguntó si necesitaba ayuda para un problema con la bebida; me preguntó si podía mantenerme sobria durante 24 horas, y le respondí que no. Me dijo que cualquier persona podía mantenerse sobria durante 24 horas. Me sentí ofendida y colgué.
Yo también era una de esas “alcohólicas lloronas”, así que naturalmente volví a llorar. Al día siguiente, me desperté, empecé a beber y me acordé de haber llamado a A.A. el día anterior y me decidí a llamar otra vez. Hablé con la misma mujer, me propuso hacer que alguien me llamara y me llevara a una reunión. Rehusé ir, colgué, lloré y volví a beber.
Llamé otra vez, y le pedí que me enviara a alguna información. Lo hizo, la leí, le llamé de nuevo y me dijo dónde se efectuaba la reunión. Era una reunión abierta. Pedí a una vecina que me acompañara esa noche. Un señor estaba hablando. No recuerdo nada de lo que se dijo, excepto que una mujer me dio un “paquete de principiantes” que contenía nombres, y me pidió que llamara a alguien antes de tomar la próxima copa. También me dijo que siguiera viniendo.
Esto ocurrió hace 21 años. Siempre he creído en Dios. En A.A. lo llamamos un Poder Superior, y por eso me era fácil aceptar este aspecto del programa.
Me dijeron que pidiera la ayuda de mi Poder Superior cada mañana y que le diera gracias cada noche. En A.A. existen solamente sugerencias, no reglas, y esto me conviene. Me parecía que siempre me habían dicho lo que tenía que hacer, y esto, para mí, no funcionaba bien.
Hoy asisto a las reuniones para recordarme a mí misma que, a pesar de haber mantenido mi sobriedad durante algunos años, sólo un trago me separa de la próxima borrachera. Alcohólicos Anónimos me ha deparado la posibilidad de reanudar mis estudios, algo que siempre he deseado hacer. En un plazo de algunos meses, me otorgarán mi título superior en sicología. Cosas así sólo pueden ocurrir en A.A. Los instrumentos se encuentran disponibles allí; no tenía que hacer más que mantenerme sobria y utilizarlos.
Hoy, como consecuencia del programa de A.A., he vuelto a ser responsable. Tengo un buen trabajo que me permite compartir una parte de mí misma tanto con los alcohólicos recuperados como con los que aún están sufriendo. Para mí sigue funcionando — un día a la vez.
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